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      Testimonios


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      Acompañante en proceso Consagrado al Sagrado corazon de jesus

      Elias

      Jesús "Esta comunidad no solo me sacó de las drogas, me dio una familia y le dio un sentido a mi vida." Antes de llegar acá, mi vida no tenía rumbo. Las drogas me habían quitado más de lo que yo era capaz de reconocer. Pero esta comunidad no solo me sacó de ahí: me dio una familia, y le dio un sentido a mi vida que nunca me había imaginado. Encontré una familia que me enseña a orar con perseverancia y a vivir mi fe con alegría. No fue algo que aprendí de golpe, fue algo que se me fue contagiando, paso a paso, mirando cómo otros oraban y servían a mi lado. El acompañamiento fraterno ha sido clave para mi crecimiento espiritual: nunca caminé esto solo. Hoy soy consagrado a la Guardia de Honor del Sagrado Corazón de Jesús. De estar perdido en la droga a entregar mi vida entera al Corazón de Cristo: ese es el camino que Dios me regaló acá, y lo vivo con una alegría que antes no conocía.

           
      Fundadores del Hogar de Cristo y de la Fraternidad Hogar del corazon de Jesús

      Ale y Adri

      Adri y Ale son un matrimonio laico que, hace años, dijo que sí a un llamado que no se buscaron pero que no pudieron dejar pasar: hacer un hogar para los que nadie mas quería recibir. De ese sí nació el Hogar de Cristo, hoy varias casas donde se acompaña a personas heridas por la calle, la adicción y el abandono, siempre con la certeza de que cada persona merece ser recibida como si fuera Cristo mismo quien golpea la puerta. Con el correr de los años, ese mismo camino de entrega fue madurando en un llamado más hondo: consagrar la propia vida al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, y compartir ese fuego con otros laicos que sintieran el mismo llamado. Así nació la Fraternidad Laica Hogar del Corazón de Jesús, la familia espiritual que hoy sostiene y da raíz a todo lo que se vive en los Hogares. Hoy Adriana y Ale siguen caminando juntos, como matrimonio y como fundadores, poniendo su vida al servicio de este Hogar que —lo saben bien— nunca fue idea de ellos, sino un regalo que Dios les confió para cuidar.

           
      Acompañante de la casa virgen de guadalupe

      Emanuel

      "El proceso terapéutico unido a la oración y el servicio me ayudaron no solo a recuperarme de las adicciones sino también a convertirme en una nueva persona." Vine desde Gualeguaychú a hacer tratamiento acá, lejos de mi tierra, de mi gente, de todo lo conocido. Y fue justo en ese lugar nuevo donde encontré algo que no esperaba: una familia. El tratamiento terapéutico me dio herramientas, pero fue la oración la que le puso alma a ese proceso. Y el servicio —ponerme al lado del otro, dejar de mirar solo mi propia recuperación— fue lo que terminó de transformar todo. Hoy no puedo hablar de mi recuperación sin hablar de mi fe, porque fueron de la mano. Ahora me siento en familia. Tengo una fe que no me había imaginado que existía, y la formación y la oración me dieron luz para servir mejor a mi familia y a los demás, con un corazón más disponible. Vine buscando salir de las adicciones. Y Dios, con paciencia, me fue dando mucho más que eso.

           
      Acompañante de la casa virgen de guadalupe

      Fernando

      "Ya lo había intentado. Sabía cómo se hacía un tratamiento, conocía los pasos, hasta podía dar la charla de memoria. Y sin embargo cuando volví a caer, no hubo teoría que me sostuviera." Yo pasé por un tratamiento terapéutico antes de llegar acá. Aprendí cosas, hice el esfuerzo, y por un tiempo funcionó. Pero el consumo volvió, y con él volvió algo peor: la sensación de que ya no tenía más vueltas para dar. Que si esto tampoco funcionaba, no quedaba nada más. Cuando llegué al Hogar me encontré con algo distinto. No era solo un tratamiento más prolijo o una técnica mejor explicada. Era gente que me recibió sin preguntarme primero cuántas veces había recaído. Adriana y Ale no me miraron como a un fracaso del sistema: me miraron como a alguien que Jesús estaba mandando ahí, en ese momento, por algo. Y eso, para mí, cambió todo. Acá entendí que la recaída no es el final de la historia, es parte de ella. Que hay un Corazón que no se cansa de esperarme, por más vueltas que yo dé. Empecé a rezar de verdad, no de memoria. Y de a poco, sin darme cuenta, pasé de ser el que necesitaba una mano a ser el que también puede tenderla: hoy acompaño a otros que están llegando, algunos en su primer intento, otros —como yo— en el segundo o tercero. Si hay algo que quiero decir con este testimonio es esto: no importa cuántas veces hayas caído. Importa que todavía estás acá, y que hay un Hogar con la puerta abierta.

           
       
       
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