Acompañante de la casa virgen de guadalupeFernando
"Ya lo había intentado. Sabía cómo se hacía un tratamiento, conocía los pasos, hasta podía dar la charla de memoria. Y sin embargo cuando volví a caer, no hubo teoría que me sostuviera."
Yo pasé por un tratamiento terapéutico antes de llegar acá. Aprendí cosas, hice el esfuerzo, y por un tiempo funcionó. Pero el consumo volvió, y con él volvió algo peor: la sensación de que ya no tenía más vueltas para dar. Que si esto tampoco funcionaba, no quedaba nada más.
Cuando llegué al Hogar me encontré con algo distinto. No era solo un tratamiento más prolijo o una técnica mejor explicada. Era gente que me recibió sin preguntarme primero cuántas veces había recaído. Adriana y Ale no me miraron como a un fracaso del sistema: me miraron como a alguien que Jesús estaba mandando ahí, en ese momento, por algo. Y eso, para mí, cambió todo.
Acá entendí que la recaída no es el final de la historia, es parte de ella. Que hay un Corazón que no se cansa de esperarme, por más vueltas que yo dé. Empecé a rezar de verdad, no de memoria. Y de a poco, sin darme cuenta, pasé de ser el que necesitaba una mano a ser el que también puede tenderla: hoy acompaño a otros que están llegando, algunos en su primer intento, otros —como yo— en el segundo o tercero.
Si hay algo que quiero decir con este testimonio es esto: no importa cuántas veces hayas caído. Importa que todavía estás acá, y que hay un Hogar con la puerta abierta.